
México quedó fuera. Y a muchos nos dolió más de lo que esperábamos. ¿Por qué nos afecta tanto perder algo en lo que ni siquiera jugamos?
Puede que a ti también te pase: llega diciembre y ya sabes más o menos cómo va a terminar todo. No necesitas que ocurra nada todavía; con solo pensar en la cena, las reuniones y los comentarios de siempre, el cuerpo se te adelanta.
Imagina que entras a una glorieta. Das una vuelta. Luego otra. El coche se mueve, el motor sigue encendido, pero no sales. No llegas a ningún lugar distinto. Así se sentía María cada Navidad.
María no odiaba a su familia ni tenía una historia “dramática”. Desde fuera, todo sonaba razonable: reuniones, comida, chistes, tradición. Pero año tras año terminaba ocupando el mismo papel: la que escucha, la que entiende, la que se adapta para que todo funcione. Nadie se lo exigía de frente, pero de alguna forma siempre acababa ahí, sosteniendo la atmósfera.
Ese año, María no decidió “poner a todos en su lugar”. Decidió algo más simple y, a la vez, más difícil: observarse. Entró a la cena con la intención de mirarse a sí misma casi como si viera una serie.
Empezó a notar cosas que quizás tú también reconoces: cómo el cuerpo se tensa cuando aparece cierto tema, cómo la sonrisa automática tapa la incomodidad, cómo llegan las ganas de levantarse e irse, pero una parte se queda “porque así toca”.
Esa noche no hizo cambios externos. No hubo discurso ni confrontación. Pero dejó de estar en piloto automático. Y ahí vino el insight: la Navidad no le dolía por la fecha ni por la gente, sino por seguir entrando a la misma glorieta emocional esperando que algo cambiara sin tomar ninguna salida.
Si sientes que tú también das vueltas en la misma glorieta año tras año, el primer paso no siempre es “hacer algo grande”. A veces el primer paso real es mirarte con honestidad y reconocer en qué punto exacto del recorrido te sigues quedando.

México quedó fuera. Y a muchos nos dolió más de lo que esperábamos. ¿Por qué nos afecta tanto perder algo en lo que ni siquiera jugamos?

Llegamos al cierre de esta serie. Hablamos del cuerpo como primer mensajero, del costo de huir y del arte de quedarse. Toca lo más importante: cómo...

Hasta aquí ya vimos que el cuerpo es el primer mensajero y que huir de las emociones no funciona. Toca la parte difícil: ¿cómo se hace,...

Llegamos al cierre de esta serie sobre necesidades emocionales. Hemos hablado de qué son, cómo identificarlas y qué huellas dejan cuando se quedan sin respuesta. Toca...

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Hasta aquí hemos hablado de qué son las necesidades emocionales y cómo identificarlas en el día a día. Pero hay una pregunta que muchos nos hacemos...

A todos nos enseñaron a reconocer cuando tenemos hambre, sueño o frío. Nos pasaron una lista clara: si te duele, descansa; si tienes sed, toma agua;...

A todos nos enseñaron a reconocer cuando tenemos hambre, sueño o frío. Nos pasaron una lista clara: si te duele, descansa; si tienes sed, toma agua;...
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© Derechos reservado tu clínica mental
Puede que a ti también te pase: llega diciembre y ya sabes más o menos cómo va a terminar todo. No necesitas que ocurra nada todavía; con solo pensar en la cena, las reuniones y los comentarios de siempre, el cuerpo se te adelanta.
Imagina que entras a una glorieta. Das una vuelta. Luego otra. El coche se mueve, el motor sigue encendido, pero no sales. No llegas a ningún lugar distinto. Así se sentía María cada Navidad.
María no odiaba a su familia ni tenía una historia “dramática”. Desde fuera, todo sonaba razonable: reuniones, comida, chistes, tradición. Pero año tras año terminaba ocupando el mismo papel: la que escucha, la que entiende, la que se adapta para que todo funcione. Nadie se lo exigía de frente, pero de alguna forma siempre acababa ahí, sosteniendo la atmósfera.
Ese año, María no decidió “poner a todos en su lugar”. Decidió algo más simple y, a la vez, más difícil: observarse. Entró a la cena con la intención de mirarse a sí misma casi como si viera una serie.
Empezó a notar cosas que quizás tú también reconoces: cómo el cuerpo se tensa cuando aparece cierto tema, cómo la sonrisa automática tapa la incomodidad, cómo llegan las ganas de levantarse e irse, pero una parte se queda “porque así toca”.
Esa noche no hizo cambios externos. No hubo discurso ni confrontación. Pero dejó de estar en piloto automático. Y ahí vino el insight: la Navidad no le dolía por la fecha ni por la gente, sino por seguir entrando a la misma glorieta emocional esperando que algo cambiara sin tomar ninguna salida.
Si sientes que tú también das vueltas en la misma glorieta año tras año, el primer paso no siempre es “hacer algo grande”. A veces el primer paso real es mirarte con honestidad y reconocer en qué punto exacto del recorrido te sigues quedando.

México quedó fuera. Y a muchos nos dolió más de lo que esperábamos. ¿Por qué nos afecta tanto perder algo en lo que ni siquiera jugamos?

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