
Se la hago a mis pacientes. Hoy te la hago a ti. Un terapeuta llamado Steve de Shazer se topó, hace ya varias décadas, con una...
En muchas familias hay una persona “comprensiva”. La que entiende, la que no se lo toma “tan a pecho”, la que sabe “llevar bien las cosas”. Tal vez tú has sido esa persona.
Eso le pasaba a María. Ser “comprensiva” sonaba bonito, hasta que empezó a darse cuenta de lo que quería decir en la práctica: escuchar comentarios que duelen, no responder para no incomodar, quedarse ahí, aunque por dentro ya no pueda más.
En una cena navideña, llegó el comentario de siempre. Ese que ya conoces porque, en tu caso, también tiene cara, tono y palabras muy concretas. María sintió lo de siempre: encogerse por dentro, tragarse la respuesta, sonreír para que todo siguiera “en paz”.
Solo que esta vez hizo algo distinto. No gritó. No explicó. No justificó nada. Se levantó de la mesa y se fue a la cocina.
La escena fue mínima, pero por dentro fue enorme. Tal vez has sentido algo parecido: el cuerpo temblando un poco, la culpa susurrando “estás exagerando”, “estás quedando mal”, “no deberías hacer esto justo hoy”.
Y sin embargo, pasó esto: nadie la persiguió, nadie la señaló, la cena siguió.
En esa aparente normalidad, María vio algo que puede ser incómodo aceptar: cada vez que se quedaba aguantando, entrenaba a los demás a tratarla así. Lo que no se limita, se normaliza. Lo que se sostiene en silencio, se repite.
Poner límites, al menos en su caso, no fue montar una batalla navideña. Fue dejar de participar en una dinámica que le hacía daño, aunque desde fuera pareciera “solo” ir a la cocina. Tal vez tus límites también empiecen así: con un movimiento pequeño, incómodo y silencioso, que cambie primero la relación contigo, aunque los demás tarden en notarlo.

Se la hago a mis pacientes. Hoy te la hago a ti. Un terapeuta llamado Steve de Shazer se topó, hace ya varias décadas, con una...

Toda una industria vive de convencerte de lo contrario. Hay un mensaje que te repiten desde todas partes.

Toda una industria vive de convencerte de lo contrario. Hay un mensaje que te repiten desde todas partes.

Haz un ejercicio rápido.Piensa en tus relaciones importantes: parejas, amistades cercanas, familia, trabajo. Y ahora busca lo que se repite.

Cambias de pareja, de trabajo, de ciudad. Y terminas exactamente en el mismo lugar. Cambiaste de trabajo porque el jefe era insoportable. En el nuevo, a...

Cambias de pareja, de trabajo, de ciudad. Y terminas exactamente en el mismo lugar. Cambiaste de trabajo porque el jefe era insoportable. En el nuevo, a...

Antes del penalti definitivo, el jugador lo sabe. Sabe que si mete el gol, nadie lo va a recordar mañana. Pero si lo falla, lo van...

Antes del penalti definitivo, el jugador lo sabe. Sabe que si mete el gol, nadie lo va a recordar mañana. Pero si lo falla, lo van...

México quedó fuera. Y a muchos nos dolió más de lo que esperábamos. ¿Por qué nos afecta tanto perder algo en lo que ni siquiera jugamos?
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© Derechos reservado tu clínica mental
En muchas familias hay una persona “comprensiva”. La que entiende, la que no se lo toma “tan a pecho”, la que sabe “llevar bien las cosas”. Tal vez tú has sido esa persona.
Eso le pasaba a María. Ser “comprensiva” sonaba bonito, hasta que empezó a darse cuenta de lo que quería decir en la práctica: escuchar comentarios que duelen, no responder para no incomodar, quedarse ahí, aunque por dentro ya no pueda más.
En una cena navideña, llegó el comentario de siempre. Ese que ya conoces porque, en tu caso, también tiene cara, tono y palabras muy concretas. María sintió lo de siempre: encogerse por dentro, tragarse la respuesta, sonreír para que todo siguiera “en paz”.
Solo que esta vez hizo algo distinto. No gritó. No explicó. No justificó nada. Se levantó de la mesa y se fue a la cocina.
La escena fue mínima, pero por dentro fue enorme. Tal vez has sentido algo parecido: el cuerpo temblando un poco, la culpa susurrando “estás exagerando”, “estás quedando mal”, “no deberías hacer esto justo hoy”.
Y sin embargo, pasó esto: nadie la persiguió, nadie la señaló, la cena siguió.
En esa aparente normalidad, María vio algo que puede ser incómodo aceptar: cada vez que se quedaba aguantando, entrenaba a los demás a tratarla así. Lo que no se limita, se normaliza. Lo que se sostiene en silencio, se repite.
Poner límites, al menos en su caso, no fue montar una batalla navideña. Fue dejar de participar en una dinámica que le hacía daño, aunque desde fuera pareciera “solo” ir a la cocina. Tal vez tus límites también empiecen así: con un movimiento pequeño, incómodo y silencioso, que cambie primero la relación contigo, aunque los demás tarden en notarlo.

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