
México quedó fuera. Y a muchos nos dolió más de lo que esperábamos. ¿Por qué nos afecta tanto perder algo en lo que ni siquiera jugamos?
En muchas familias hay una persona “comprensiva”. La que entiende, la que no se lo toma “tan a pecho”, la que sabe “llevar bien las cosas”. Tal vez tú has sido esa persona.
Eso le pasaba a María. Ser “comprensiva” sonaba bonito, hasta que empezó a darse cuenta de lo que quería decir en la práctica: escuchar comentarios que duelen, no responder para no incomodar, quedarse ahí, aunque por dentro ya no pueda más.
En una cena navideña, llegó el comentario de siempre. Ese que ya conoces porque, en tu caso, también tiene cara, tono y palabras muy concretas. María sintió lo de siempre: encogerse por dentro, tragarse la respuesta, sonreír para que todo siguiera “en paz”.
Solo que esta vez hizo algo distinto. No gritó. No explicó. No justificó nada. Se levantó de la mesa y se fue a la cocina.
La escena fue mínima, pero por dentro fue enorme. Tal vez has sentido algo parecido: el cuerpo temblando un poco, la culpa susurrando “estás exagerando”, “estás quedando mal”, “no deberías hacer esto justo hoy”.
Y sin embargo, pasó esto: nadie la persiguió, nadie la señaló, la cena siguió.
En esa aparente normalidad, María vio algo que puede ser incómodo aceptar: cada vez que se quedaba aguantando, entrenaba a los demás a tratarla así. Lo que no se limita, se normaliza. Lo que se sostiene en silencio, se repite.
Poner límites, al menos en su caso, no fue montar una batalla navideña. Fue dejar de participar en una dinámica que le hacía daño, aunque desde fuera pareciera “solo” ir a la cocina. Tal vez tus límites también empiecen así: con un movimiento pequeño, incómodo y silencioso, que cambie primero la relación contigo, aunque los demás tarden en notarlo.

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A todos nos enseñaron a reconocer cuando tenemos hambre, sueño o frío. Nos pasaron una lista clara: si te duele, descansa; si tienes sed, toma agua;...

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© Derechos reservado tu clínica mental
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Eso le pasaba a María. Ser “comprensiva” sonaba bonito, hasta que empezó a darse cuenta de lo que quería decir en la práctica: escuchar comentarios que duelen, no responder para no incomodar, quedarse ahí, aunque por dentro ya no pueda más.
En una cena navideña, llegó el comentario de siempre. Ese que ya conoces porque, en tu caso, también tiene cara, tono y palabras muy concretas. María sintió lo de siempre: encogerse por dentro, tragarse la respuesta, sonreír para que todo siguiera “en paz”.
Solo que esta vez hizo algo distinto. No gritó. No explicó. No justificó nada. Se levantó de la mesa y se fue a la cocina.
La escena fue mínima, pero por dentro fue enorme. Tal vez has sentido algo parecido: el cuerpo temblando un poco, la culpa susurrando “estás exagerando”, “estás quedando mal”, “no deberías hacer esto justo hoy”.
Y sin embargo, pasó esto: nadie la persiguió, nadie la señaló, la cena siguió.
En esa aparente normalidad, María vio algo que puede ser incómodo aceptar: cada vez que se quedaba aguantando, entrenaba a los demás a tratarla así. Lo que no se limita, se normaliza. Lo que se sostiene en silencio, se repite.
Poner límites, al menos en su caso, no fue montar una batalla navideña. Fue dejar de participar en una dinámica que le hacía daño, aunque desde fuera pareciera “solo” ir a la cocina. Tal vez tus límites también empiecen así: con un movimiento pequeño, incómodo y silencioso, que cambie primero la relación contigo, aunque los demás tarden en notarlo.

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